Hola señores propietarios de concurso de belleza mas exponen y éxito de la historia de los mismo; el día de hoy 20 de Diciembre de 2015 no solo yo si no 48,32 Millones de colombianos nos encontramos muy desconcertados por la humillación que el presentador Steve Harvey proporciono a nuestra Miss Universo Ariadna Gutierrez declarándola como la ganadora del certamen en vivo, y después de 2 minutos se le quita la corona por una "EQUIVOCACION" del señor mencionado.
Queremos que se le devuelva la corona a la Señorita Colombia Ariadna Gutierrez ya que no solo los colombianos creemos que es la Miss Universo 2015 si no toda latinoamerica, y muchos partes del mundo con esto no solo el presentador queda mal ante el mundo si no ustedes como empresa ya que contrataron a una persona incompetente para este trabajo; espero esta petición que hoy realizo por Internet sea un hecho Dios los bendiga que tengan una hermosa noche
Si yo fuese Juan Manuel Santos me daría pena pedir plata a países serios como Suecia, Noruega o Dinamarca para el posconflicto. ¿Para qué el dinero? ¿Para seguir nutriendo la robadera?
Cada vez que recorro los rincones de este bellísimo país, regreso a Bogotá más indignada y convencida de que es demasiado rico como para ir por el mundo pasando el sombrero. Si no avanza no es por falta de recursos, sino por la voracidad insaciable de los corruptos, azuzados por los gobiernos centrales. Casos hay por trillones.
Chocó es una joya natural e hídrica, y posee oro a raudales. Pero vayan al hospital San Francisco de Quibdó, por ejemplo, y vomitan de asco y rabia. Deben meses de salario a un personal médico que solo trabaja por amor a los enfermos y a su profesión. Hay habitaciones y baños en tan malas condiciones que uno entra a la capilla del hospital para agradecer a Dios no tener un familiar ingresado en esa cochambre. ¿Acaso se debe a la pobreza del Estado? ¿No será el saqueo de Caprecom, de los hospitales públicos y de los dineros de la salud lo que lo tiene quebrado?
En Chiriguaná (Cesar) me dijeron enfermeras que llevan desde el 2008 renovando el contrato mes a mes y algunos no cobran desde hace ocho meses. El día que llegué se iban el pediatra y el ginecólogo. ¿Será que nunca alcanzan los miles de millones de regalías que desde 1998 recibe el municipio por las minas de carbón? ¿Y la gobernación también es paupérrima? Tampoco hay agua potable porque enterraron (y se robaron) más de 50.000 millones en unas obras del acueducto inservibles.
Lo del agua atiborrada de amebas es otro regalo que nos obsequian los ladrones del erario en buena parte de Colombia. En La Gabarra (Norte de Santander), un farmacéutico la analizó y concluyó que contenía materia fecal porque la recogían del mismo río al que vertían las aguas negras sin tratar.
En El Salado, donde acaba de estar la cúpula gubernamental regalando casitas, hay veredas como Espiritano que pasaron semanas sin que llegara la alimentación escolar. ¿La causa? Adivinen. En su cabecera municipal, Carmen de Bolívar, sobran las denuncias ante todas las ‘ías’ de la ciudadana Blanca Sabagh contra dirigentes corruptos. ¿Qué pasa con ellas? Na-Da.
Puedo asegurar que son tantos los corruptos que roban la comida de los niños que la dirección nacional del ICBF, dirigida por un equipo intachable que querría fumigarlos, no podrá acabarlos jamás. La politiquería es costosa y no hay la menor intención de cortar las fuentes de financiación.
¿Y qué tal la moda de tumbar los árboles de los parques de pueblos tórridos, asfixiantes, para alfombrarlos de ladrillos? Los he visto en lugares tan distantes como Bolívar, Caquetá y Cesar. Más que moda, se volvió un virus que contraen los corruptos. Con el ladrillo hay serrucho.
En escuelas, colegios y carreteras los cuentos de dirigentes y funcionarios ladrones son inagotables. En Boyacá destinaron 67.000 millones para los 35 kilómetros del proyecto Buenavista-Coper-Muzo-La Victoria. Solo construyeron 10 kilómetros y ya anunciaron que como mucho la plata alcanza para siete más. Habría que añadir otros 31.000 millones para unir siquiera los dos primeros pueblos. ¿Lo harán? No creo.
Nota. El doctor Ricardo Rueda tiene toda la razón: no hay derecho que las EPS autoricen cirugía robótica a hombres y se la nieguen a las mujeres. Un día les cuento más.
SALUD HERNÁNDEZ-MORA
Fuente: Eltiempo.com
El pasado 30 de octubre entre las 7:53 y las 7:55 pm fueron publicados en la página del SECOP, por el Área Metropolitana de Bucaramanga, los estudios previos y el proyecto de pliego de condiciones de la licitación LP-SA-008-2015, cuyo objeto es "Gestión Predial y Construcción del Parque Lineal Quebrada de la Iglesia". El proyecto tiene como alcance la construcción de los tramos III, IV, V y VI, Km 2+020 hasta Km 6+ 850. El tramo II, está en construcción en la actualidad y el tramo I está pendiente.
De la lectura del objeto y de la revisión de los documentos publicados se infiere que será el contratista escogido, el 22 de diciembre de 2015, quien deba encargarse de comprar los predios necesarios y para ello se ha fijado un monto de $4.237.496.207.67 que sumados a los costos directos de construcción, AIU del 23% e IVA, hace que el monto del contrato ascienda a $20.112.299.070.06, para ejecutar en un plazo de 12 meses.
Aunque en los estudios previos no se hace precisión sobre el número de predios que se deben adquirir y conocida la experiencia en la adquisición, realizada directamente por el municipio de Bucaramanga, en los predios del Tercer Carril, la prudencia indicaría que sería mejor contratar la obra una vez se cuente con los predios para que la demora en las negociaciones no afecte el valor del contrato por efectos de mayores permanencia en obra del contratista y los costos de interventoría. De otra parte, en caso de tener que pagar mayores valores por los predios se vería afectada la meta física de la obra y sería menester asignar recursos adicionales.
Así las cosas y teniendo en cuenta que los recursos provienen, de acuerdo con el numeral 1.8.2. del proyecto de pliego, " del presupuesto de rentas y gastos del Área Metropolitana de Bucaramanga, de la vigencia 2015", es factible reestructurar el proceso y adelantar primero la compra de predios y una vez se cuente con ellos adelantar, el próximo año, la convocatoria de la licitación de construcción.
Si se persistiera en continuar el proceso es imperativo que se revisen los requisitos habilitantes, pues en el caso de la Capacidad Financiera se establecen requerimientos que impiden la libre concurrencia al exigir cifras de capital de trabajo y de patrimonio, superiores a los $10.000 millones de pesos, que ningún valor agregan a la oferta y desconocen que en los contratos de obra quien debe tener los recursos es quien compra, es decir el contratante y no el contratista que es quien vende. Finalmente, insistir en exigir especializaciones, maestrías o doctorados a los directores de obra es necedad.
Jesús Rodrigo Fernández Fernández para Vanguardia Liberal
Bucaramanga, noviembre 6 de 2015
La corrupción está fuera de control y, sin embargo, nosotros la toleramos como si fuera la cosa más natural del mundo. Aquí la gente bloquea la entrada de un pueblo porque la carretera no sirve. Aquí arman un desfile por la principal avenida del barrio porque los vecinos llevan tres días sin señal de televisión. Pero aquí nadie se indigna ni protesta porque no hay justicia. Y la justicia es el más importante de todos los servicios públicos.
Por amarga y triste que sea, la verdad escueta es que nos hemos acostumbrado a vivir entre la inmundicia, y a convivir con ella. Como en el tango de Discépolo, “cualquiera es un señor, cualquiera es un ladrón”, y en la Colombia de estos tiempos “da lo mismo ser derecho que traidor”. (Lea aquí: Los mares de Colombia se 'ahogan' en basura)
Las investigaciones internacionales más confiables confirman que Colombia es, según la percepción de sus propios habitantes, que llega ya al 79,6 por ciento, el segundo país más corrupto de América, de toda América, desde Alaska hasta la Patagonia. Solo nos supera Venezuela, con el 80 por ciento, lo cual significa que apenas nos separan cuarenta centésimas.
Es tan vertiginosa la sensación ciudadana de que la inmoralidad nos está devorando que en el 2010 era del 56 por ciento, lo que significa que en solo cinco años aumentó un 23,6 por ciento. Según las respuestas que dan los propios colombianos, la corrupción es tan grave que le hace más daño al país que otras desgracias nacionales, como la violencia o el desempleo.
Lo más inquietante es que, lejos de reducirse, cada día surgen nuevos escándalos, más preocupaciones, peores estrépitos, mayores vergüenzas. Para esta crónica escogí tres o cuatro casos de la última semana, antes de que sean sepultados por otros y nadie vuelva a acordarse de ellos, arropados por el olvido, que es lo más conveniente para los culpables.
La electricidad
En diciembre del 2006 el Gobierno decretó un tributo al consumo de energía eléctrica, llamado “Cargo por confiabilidad”. Desde entonces, hace nueve años, los usuarios han tenido que pagarlo obligatoriamente, cada mes, al cancelar su factura. Nos dijeron que esos fondos servirían para garantizar que, en caso de escasez de agua, como está ocurriendo ahora, pudiéramos contar con la capacidad suficiente para producir energía distinta a la hidráulica, con reservas de gas, carbón y líquidos derivados del petróleo. (Vea: Pueblos inesperados y letreros curiosos en un viaje por dos carreteras)
Como en este preciso momento el fenómeno del Niño se ha agravado, escasean las lluvias y nos anuncian nuevas alzas en las tarifas y probables racionamientos, ahora es cuando los colombianos queremos saber en qué se gastaron nuestro dinero.
Ahora que se necesita esa plata queremos saber dónde diablos está. Que nos digan si fue invertida en lo que corresponde, es decir, en aquello que sirva para evitar apagones y carestías. El asunto es tan delicado que el propio procurador general, Alejandro Ordóñez, pidió públicamente que nos expliquen qué fue lo que hicieron con más de 16 billones de pesos –16 millones de millones, nada menos– que en los últimos 108 meses fueron recaudados para el “Cargo por confiabilidad” (¿confiabilidad? No me hagan reír).
Un cobro excesivo
Investigando por todas partes, me detengo a conversar con un auténtico experto en la materia. Es uno de los funcionarios más importantes y respetados del sector eléctrico. Le pido que hablemos con franqueza.
–Con crudeza, si usted quiere –me dice–, y con el corazón en la mano. (Lea: Busetas y buses, un lienzo para plasmar el arte popular)
Me pide que le garantice la reserva de su nombre. Le doy mi palabra de honor.
–En el año 2006 se acordó el cobro de esa sobretasa como una especie de seguro que pagarían los usuarios. La idea era evitar que el fenómeno del Niño volviera a sorprendernos y se repitieran los terribles apagones de 1992.
Lo malo es que el Gobierno permitió que todo el mundo metiera su mano en la preparación de los decretos, se impusieron los intereses económicos, cada uno cortaba su propia tajada y nadie se acordó de la gente anónima que paga los recibos.
–Por eso –agrega mi interlocutor–, lo que el usuario ha pagado en estos nueve años para el “Cargo por Confiabilidad” es un exceso bárbaro. Lo que le cobran mensualmente es desproporcionado.
‘Ya es muy tarde’
–¿Y aun así –le pregunto–, estamos en riesgo?
–Es que el plan quedó tan mal diseñado que ahora van a tener que subir las tarifas, uno de los riesgos que se trataban de evitar cuando se impuso ese sobrecargo. El otro es el racionamiento, y tampoco estoy seguro de que lo podamos impedir.
El panorama se ve más sombrío a medida que seguimos charlando. Entonces le pido su opinión sobre las recientes medidas tomadas por el Gobierno para evitar un racionamiento eléctrico en el futuro inmediato.
–Esas medidas –me contesta–, que tantas reacciones han provocado entre los ciudadanos, son un poco tardías. Tenían que haberlas tomado hace tres o cuatro meses. Es probable que ya no surtan efecto.
–Y si eso se sabía –le pregunto–, ¿por qué no las tomaron en aquel momento?
Pone una dolorosa cara de tristeza. Baja la voz. Hay algo de amargura en su acento cuando, al fin, me contesta:
–Porque estábamos en vísperas de elecciones…
Celulares y millones
Ya que hablamos del tema, déjenme contarles que a mediados del mes pasado, cuando se acercaban las recientes elecciones regionales, numerosos usuarios de teléfonos celulares descubrieron alarmados en varias ciudades del país, empezando por Bogotá, que les pedían su voto a través de llamadas y hasta les ofrecían dinero por él.
No se trataba solamente de un terrible delito penal, y de un monstruoso golpe contra la ética pública, sino también de una violación de su derecho a la intimidad.
Los usuarios nunca pudieron saber quién les había suministrado sus números y sus nombres a los que llamaban.
La corrupción electoral en este país es cada año peor. La compra de votos, por ejemplo, se inició en la región Caribe, aunque nos duela admitirlo a quienes somos oriundos de esa zona, pero ya hizo metástasis en todo el cuerpo de la nación. Se regó como un cáncer.
En Medellín, según el relato que me hizo un candidato al Concejo, el 25 de octubre pasado costaba 330 millones de pesos la elección de un modesto edil de barrio.
¿Cuánto vale, entonces, la de un senador?
En Barranquilla, quince días después de las elecciones, la Fiscalía tuvo que decomisar 45 computadores de los escrutinios para investigar si es cierto que hubo fraude.
La prensa
La degradación política está llegando a tales extremos que en algunas regiones de Boyacá y el Valle del Cauca se descubrió que ciertos candidatos ya no se conforman con comprarle su voto al elector, sino que, además, ahora compran por paquete entero a los jurados de una mesa de votación para que cambien los resultados en los formularios que llenan.
A todas estas, y ante semejante panorama, ¿cómo reacciona la prensa, que es el único guardián que le queda al manicomio? La revista Semana, en una crónica que no lleva firma, hace un cálido elogio de las victorias obtenidas por el vicepresidente Vargas Lleras y su partido Cambio Radical en el Caribe. Transcribo el comentario textualmente:
“Que un cachaco triunfe en esa zona no es poca cosa. Obviamente esas victorias se basaron en uno que otro aval cuestionable y algunas transacciones poco éticas. Pero en el mundo de la política las cosas funcionan así. Y aunque los votos son más de maquinaria que de opinión, eso le da más solidez a la victoria de Vargas, pues la opinión cambia y la maquinaria, cuando está aceitada, repite”.
Al terminar esa lectura me quedé pasmado. ¿De modo que ahora las martingalas electorales merecen aplauso porque lo importante es ganar, no importa cómo?
¿Y, por el contrario, desprecian a la opinión pública frente a lo que ellos mismos llaman “maquinaria aceitada”? ¿Aceitada con qué? ¿Y por quién?
El caso de los investigadores
Antes de que la frenética velocidad de la corrupción cambie de tema, voy a mencionar el horripilante descubrimiento hecho por los reporteros de la Unidad Investigativa de este periódico.
Funcionarios de la Superintendencia de Industria y Comercio, que es la encargada de controlar a fabricantes y vendedores, se peleaban las investigaciones para establecer si los empresarios habían cometido atropellos contra su clientela. En un dos por tres condenaban a las víctimas aunque no hubiera motivos.
En seguida renunciaban a sus cargos, fundaban falsas organizaciones cívicas con un supuesto carácter humanitario, demandaban a las empresas por miles de millones, basándose en los fallos que ellos mismos habían preparado, y se embolsillaban esa plata, haciendo creer que era para indemnizar a la comunidad afectada con los abusos imaginarios.
Epílogo
Como si todo eso fuera poco, la escandalosa estafa de Interbolsa está a punto de quedar en la impunidad, lo mismo que el saqueo cometido con el ‘carrusel’ de contrataciones en la Alcaldía de Bogotá. Ni hablemos de la salud o las escuelas.
Varios organismos internacionales nos han advertido que el mayor obstáculo para invertir en Colombia es la corrupción. Un exministro me dijo en cierta ocasión, con desconsuelo, que “el mejor negocio de Colombia es el Estado”.
Ya sabemos que aquí no hay justicia. Pero lo cierto es que tampoco se aplica la sanción social: los ladrones andan por la calle, se codean con la clientela en los restaurantes más lujosos, todo el mundo les da la mano, almuerzan en los clubes sociales, van a cocteles, sonríen en las fotos de las páginas sociales. Y, mientras tanto, la corrupción destruye lo que nos queda de país.
La semana pasada, conversando por teléfono, un amigo bogotano me dijo, sin ninguna pizca de humor: “Qué agradable era este país cuando los únicos que robaban eran los ladrones”.
Fuente: JUAN GOSSAÍN
Especial para EL TIEMPO

Ahora sí: el fin del capitalismo está cerca. No llegará mediante un movimiento obrero, sino por internautas de todo el planeta. No instalará el socialismo, sino un sistema de producción colaborativo y de consumo en red que tendrá a la tecnología como motor y plataforma. Y desembocará en un mundo en el que nos liberaremos de la necesidad de trabajar muchas horas.
¿Suena bien? Sí, aunque hablar del fin del capitalismo a los griegos, por ejemplo, pueda arrancarles una mueca de disgusto, y mencionarlo a los fondos de inversión que huyen de los países emergentes les puede provocar una sonrisa escéptica. ¿Suena conocido? También, porque casi desde sus orígenes el capitalismo ha enfrentado anuncios de fin inminente. (Lea también: Colapso)
La última utopía acaba de surgir de una combinación curiosa de pensamiento de izquierda y optimismo tecnófilo, y se llama ‘poscapitalismo’. Ese es justamente el título de un libro publicado en julio por el economista y periodista británico Paul Mason, que despertó de inmediato adhesiones y controversias. En rigor, este exmilitante trotskista recopila y sintetiza el diagnóstico de muchos economistas y futurólogos: de manera incipiente pero decidida, autos particulares que se comparten, personas que ofrecen su tiempo o conocimientos gratuitamente en plataformas colaborativas, impresoras 3D que traducen ideas en objetos, cooperativas de energía renovable, trabajos automatizados que liberan tiempo y una circulación incesante de información serían señales de una nueva época, impulsada por personas que valoran más vivir experiencias que acumular propiedad privada.
Mientras los optimistas ven algunas transformaciones evidentes como indicios de una revolución, los cautelosos sostienen que probablemente se trate de cambios que el inoxidable capitalismo terminará engullendo, y que en el mundo que viene convivirán diferentes formas de producción, más o menos horizontales, más o menos desmaterializadas, más o menos colaborativas, pero todas bajo el paraguas de la búsqueda de ganancias.
El espíritu de Marx
“Estamos entrando en la era poscapitalista. En el corazón del cambio está la tecnología de la información, nuevas maneras de trabajar y la economía colaborativa”, escribe Mason en un reciente artículo en The Guardian. Y sigue: “La contradicción principal hoy se da entre la posibilidad de bienes e información gratuitos y abundantes y un sistema de monopolios y gobiernos que tratan de que las cosas sigan siendo privadas, escasas y comerciales. Todo se reduce a la lucha entre la red y la jerarquía”. (Vea aquí: 'El capitalismo está matando al planeta': Naomi Klein)
En su concepto, el poscapitalismo –que él compara con el fin del feudalismo– es el resultado de tres grandes cambios impulsados por la tecnología: la reducción de la necesidad de trabajar –por la automatización–, la abundancia de información –que contradice la lógica capitalista de la escasez– y el surgimiento de formas de producción y consumo colaborativos, por fuera de lo que el mercado considera actividades económicas. “El sector poscapitalista probablemente coexistirá con el mercado por décadas, pero el gran cambio ya está en marcha”, adelanta.
Un gran cambio en marcha también vieron Marx, –a quien Mason cita como visionario de “una economía basada en información abundante y compartida”–, y Jeremy Rifkin, el economista y consultor estrella que escribió La sociedad de coste marginal cero, en el que anticipa un mundo donde fabricar será cada vez más barato, reinará la “economía híbrida colaborativa” y las impresoras 3D convertirán a millones de personas en ‘prosumidores’, mezcla de productores y consumidores.
Las críticas a estos pronósticos llueven: la economía colaborativa no excluye el interés ni la búsqueda de ganancia; la izquierda se ha quedado sin argumentos e insiste en subestimar la capacidad del capitalismo para adaptarse a nuevos tiempos; la economía del conocimiento no consigue distribuir mejor la riqueza. Y, por supuesto: todo el asunto es una argumentación que se mira el ombligo europeo. También: hay que desconfiar de un fenómeno sin nombre propio y recordar que el prefijo ‘post’ suele terminar nombrando la radicalización de lo que pretende superar.
“Este planteamiento es la lógica actualizada del marxismo: el neoliberalismo agota la capacidad de innovación del capitalismo. No obstante, pone mucho optimismo en la tecnología y subestima la capacidad de supervivencia del capitalismo. Desde la teoría social es temerario pensar el final del capitalismo. Lo difícil de proponer una idea así es que quien lo hace es incapaz de anticipar la innovación, como le sucedió a Marx”, apunta Tomás Borovinsky, doctor en Ciencias Sociales. O sea, en el mundo social, la prospectiva es un campo minado de incertidumbres.
“La idea del poscapitalismo es la nueva muletilla de una larga secuencia de profecías. Keynes decía en los 30 que el progreso nos permitiría trabajar 15 horas semanales y dedicar el resto del tiempo al goce intelectual. Otros dos economistas, Clarck y Fourastié, hablaban en esa época de un sector cuaternario de servicios intensivos en conocimiento. Daniel Bell hablaba en los 70 de posindustrialismo y Toffler lo rebautizó como la tercera ola”, enumera el economista Eduardo Levy, que acaba de publicar Porvenir.
La sociedad del ocio
Dos son los puntos más controvertidos de la utopía poscapitalista. El primero: la automatización de muchas actividades, que conduciría a reducir la necesidad de trabajar y ampliaría el tiempo libre a dimensiones impensadas. Para algunos, esta idea tiene poco de utopía y mucho de apocalipsis. Levy, por ejemplo, encuentra que “el error más interesante de Mason está en la ilusión de que la automatización es liberadora del trabajo. Lo es en la medida en que el aumento de productividad asociado no quede en manos del dueño de la máquina, sino que sea distribuido entre todos. De lo contrario, el trabajador sustituido por la máquina no es liberado sino enviado a la cola del desempleo. Paradójicamente, la ilusión de la automatización liberadora evoca la ilusión neoliberal del derrame del crecimiento: en ambos casos, sin un Estado que articule el progreso, la nueva riqueza no derrama sino que se acumula en el 10 por ciento (o el 1 por ciento) más rico”. (Lea también: Alabanza del capitalismo)
Para Andrés López, jefe del Departamento de Economía de la Universidad de Buenos Aires, “trabajar menos es algo que viene ocurriendo en toda la historia del capitalismo; lo nuevo es que ahora se automatiza el trabajo intelectual. Quizás trabajemos menos en el futuro, pero no sé si eso va a ser un quiebre en el capitalismo, si entendemos capitalismo como una sociedad con propiedad privada, mercado y asalariados”.
La economía colaborativa (que se desarrolla bajo la premisa de compartir gastos, recursos y la plataforma de la tecnología) es el fenómeno donde los poscapitalistas ven las señales más claras del tiempo que viene. AirBnB –sitio que conecta a dueños de viviendas con quienes quieren alquilar habitaciones a bajo costo– o autos particulares convertidos en taxis –como Uber– son los ejemplos más conocidos, pero en la lista hay plataformas para compartir conocimientos en forma de clases o tutoriales, personas que usan sus traslados cotidianos para hacer entregas, redes de usuarios de impresoras 3D y cocinas que se abren como restaurantes ocasionales. Si antes un bien de capital era una máquina, hoy pueden serlo una habitación vacía o dos horas libres. ¿Puede eso generalizarse y convertirse en una lógica por fuera del sistema capitalista? Difícil. Los escépticos dicen que los emprendimientos que nacen con espíritu de libre intercambio suelen terminar convertidos en empresas millonarias (miren a Google).
“Es cierto que hay cosas por las que antes se pagaba y ahora no, una horizontalidad de modos de producción. Pero eso no quiere decir que deje de haber intercambio de dinero y que ya no se busque ganancia”, apunta Marcela Basch, periodista especializada en economía colaborativa y directora del sitio web El Plan C.
“No creo que haya una revolución. Sí hay transiciones y los sistemas van reaccionando a la distribución espontánea de los usuarios. La industria primero patalea, luego va a la justicia y después se acomoda. Spotify es un buen ejemplo”, añade.
¿Llegará el poscapitalismo a la periferia? “En China, India y África, el problema sigue siendo darle a la gente un trabajo capitalista con beneficios. Esa inclusión está pendiente para millones de personas. Hay economía colaborativa en el tercer mundo, pero existen límites de infraestructura. Los países en desarrollo tienen que llegar donde están los desarrollados para pasar a estas nuevas formas de producción”, advierte López.
No todos coincidirían. “En nuestra región, la economía colaborativa está muy verde. Pero si miramos el panorama de organizaciones horizontales por fuera de lo que la economía tradicional considera actividad económica, entonces estamos un paso adelante”, sostiene Basch. En concreto, muchos planteamientos del poscapitalismo, sobre todo los referidos a buscar una economía sustentable que apunte al bienestar de las personas, son primos hermanos de los argumentos del posdesarrollo en países de la periferia. “Los autores del norte están viendo cosas que acá existen hace rato, no recién a partir de la crisis del 2008. Siempre tuvimos más arraigadas en la región las maneras alternativas de producción, los modelos alternativos de desarrollo, y hoy se habla del ‘buen vivir’ y de la recuperación de formas de producción nativas”, describe Basch.
Más allá de lo acertado de los diagnósticos, hay signos en el análisis poscapitalista que no deberían dejarse pasar, aunque no se compre la utopía completa. “Brynjolsson y McAfee hablan de la nueva era de las máquinas como el momento ideal para ser un trabajador flexible y altamente calificado, y un momento terrible para no serlo. Esto nos afecta de dos maneras (en América Latina). Primero, nos encuentra mal preparados: nuestra fuerza laboral tiene una formación rígida y es intensiva en calificación media y baja. Segundo, con excepciones, nuestro aparato productivo no es tecnológicamente avanzado: nuestras empresas están expuestas –advierte Levy–. Podemos seguir cerrándonos a las nuevas tecnologías con barreras comerciales, a costa de ser menos productivos y crecer menos. O podemos abrir e importar tecnología a costa de exponer a nuestros trabajadores y empresas. El desafío es una estrategia de desarrollo intermedia que modernice a los nuevos trabajadores y empresas, mientras cuida el stock de lo que hay”.
Mirar el PIB ya no basta
Con todo, el poscapitalismo alimenta otro desafío: cómo medir la producción cuando circula por redes inasibles. El PIB parece limitado. “Se trata de toda la producción que no aparece en el producto: chats, redes sociales y demás contenidos online gratuitos. La ‘tercera revolución industrial’ produce más de lo que se mide. En esta medida, hay un acceso más ‘democrático’ a bienes y servicios, en el sentido de Mason y varios otros, que señalan que la productividad y el consumo (el bienestar) aumentan más de lo que surge de las cuentas nacionales”, señala Levy.
Como todas las utopías, el poscapitalismo también supone “un hombre nuevo”, el “ser humano conectado y educado”, como escribe Mason, generado por el mismo capitalismo (resuena Marx): “Al crear millones de personas conectadas, financieramente explotadas pero con la totalidad de la inteligencia humana a un movimiento de pulgar de distancia, el infocapitalismo ha creado un nuevo agente del cambio en la historia”. Un agente de cambio, al menos, disperso.
“Lo que falta determinar es quién va a hacer este cambio –contrapuntea López–. Creo que hay una excesiva fe en los usuarios de internet. Mason supone que la gente y los Estados pueden y quieren ser buenos. Yo no sé si se acabó el egoísmo”.
Probablemente, el modelo que viene tenga más de convivencia que de abandono y superación de lo conocido, y hasta ahora nada parece indicar que la desigualdad vaya a repararse por impulso de la tecnología. ¿Será que, parafraseando al escritor William Gibson, el futuro ya está aquí pero el problema es que no llega a todos al mismo tiempo?
RAQUEL SAN MARTÍN
La Nación (Argentina